La escultura que vemos es consecuencia de la visión que esta artista tiene sobre el rol que el hombre intenta imponerle a la mujer. La experiencia personal se proyecta a partir de una escultura austera con variado cruces simbólicos.
Una frase, originalmente mexicana, se toma por nombre de un florero con una cabeza de muñeca. “Calladita soy más bonita” parece ver en la mujer un objeto al servicio de la pura contemplación y a la espera de lo que el hombre pretenda de ella. Esta actitud machista, que supuestamente debería haberse diluido en el tiempo, es reflotada desde un lugar íntimo. La artista expone este acontecimiento, aun arraigado en el imaginario colectivo masculino y/o femenino.
El arte para esta artista es “modus vivendi”, lo que le permite sentirse realizada y en paz consigo misma, dato no menor para un medio tan ingrato como el nuestro. La obra se ha tornado lenguaje habitual de esta mujer que maneja recursos visuales de una forma fluida y concreta. Podemos posar la mirada en el florero, en su capacidad contenedora y ver la escultura como objeto intocable. La metáfora, la metonimia y la analogía se entrecruzan de forma que es imposible discernir claramente cómo desplegar un discurso unívoco. Lo estático y lo móvil chocan, la imposición y la sumisión se condensan en el gesto, la contención puede abordar la ira o a lo femenino, en todo caso tenemos una obra dispersa y seductora. La incapacidad de aprehender el significado es fiel reflejo que tenemos de aprehenderla a ella como mujer. Un gesto magistralmente duchampiano que parte de una mujer que expone la noción de apropiación y establece que esta imposición es la inversión contestataria de cómo se pretende que ella u otras mujeres actúen.
Rulfo.